“Melancolía”, un cuento dramático de Congrains Martín

Escrito a los 16 años y publicado por única vez en el diario La Crónica, “Melancolía” es una de las primeras muestras que Enrique Congrains nos otorga de los temas y personajes —es decir, el fracaso en el deseo de progreso y los migrantes— que le interesarán en esta etapa de su obra. Titulado como “cuento dramático”, la acción se centra en las reflexiones de Jacinto Retel, un joven provinciano que camina por las calles de Lima pensando en la importancia —o la falta de esta— de la vida y de la muerte. El fracaso se presenta como una especie de bisagra entre ambos conceptos: la carencia del deseo de vivir se atribuye a la misma de algún objetivo concreto; mientras que la muerte se presenta como una alternativa final que el protagonista considera que puede ejecutar. “Melancolía” fue publicado en 1948 y curiosamente, o quizás no, ese mismo año Julio Ramón Ribeyro nos presentaba al hombre de vida gris cuya existencia inútil e insustancial se encontraba marcada tanto por las circunstancias en las que se desarrolló su vida como por la falta de realizar aquello que Congrains nos señala en este relato: hacer algo sobre nuestra propia existencia, así sea algo grande o mezquino.

MELANCOLÍA

Cuento dramático

Por Enrique Congrains

Aquella tarde de agosto un joven pobremente vestido eligió, en el malecón Balta, una apartada banca como lugar de reposo. Al poco rato se quedó dormido y lo hubiera estado durante bastante tiempo a no ser por el bullicio de un grupo de colegiales. Dando muestras de enojo, se levantó mudándose a otra banca a la que no llegaba el estrépito de los impertinentes turbadores de su sueño. Pero esta vez no logró dormirse pese a las varias posturas que adoptó. Viendo que el ansiado sueño no llegaba, se rebuscó varios bolsillos hasta encontrar un arrugado pitillo. El humo del cigarro pareció remontarlo el mundo de sus fantasías pues el poco rato se encontraba ensimismado en el curso de sus pensamientos.

En realidad, Jacinto Retel no se encontraba pensando en quimeras ni levantando castillos en el aire. Estaba analizando su pasado y decidiendo su futuro.

Esto último era bastante difícil pues se hallaba en una situación mala desde cualquier punto que se mirara. El mal estaba en su alma.

La pobreza y sus derivados no lo alarmaban, ya que le eran familiares: había nacido pobre y tampoco nunca pensó en ser rico. Pero ahora había perdido esa tranquilidad de espíritu que siempre lo caracterizó. Se sentía poseído de una íntima zozobra y se entregaba a la melancolía, a la nostalgia; éstas le hacían sufrir en tal forma que llegó a comparar su vida con un infierno.

Jacinto retel tenía 25 años pero representaba más. Era de rostro franco, de mirada inteligente y expresiva, usaba un pequeño mostacho que le daba aire de seriedad, y sin embargo, observando bien se notaban las inconfundibles huellas que el sufrimiento había impreso en su fisionomía. ¿Por qué esa melancolía le atormentaba la conciencia como si fuera un criminal?

Jacinto era provinciano. Había llegado a Lima, como muchos, en busca de bienestar y cultura; de esto hacía más de 2 años. Allá en su pueblo había dejado su único pariente: un abuelo que quería a Jacinto entrañablemente.

Inteligente, de buena presencia, pronto logró un empleo y luego otros que le permitieron vivir con relativa comodidad. Y también aprendió a beber y a jugar pero esto no era la causa de su ruina moral.

Al principio sintió nostalgia de la tierra dejada, y muy a menudo tuvo que hacer esfuerzos para (no) regresar al lugar de su infancia. De pocos amigos y de carácter poco sociable se fue aislando y perdiendo su alegría, o más bien su romanticismo alegre: tuvo amores que no dejaron en su alma otra huella que la que deja la desilusión.

Ya no era el de antes; desconoció al nuevo hombre que se estaba formando dentro de sí y sobrevino la lucha interior… Hojas de otoño cayeron sobre el capullo de su juventud. Era una vida marchita.

… Un esfuerzo de voluntad y su resolución quedó tomada. Sí, le costaría ponerle en la práctica, pero acabarían sus sufrimientos ¡y para siempre!

Ya entrada en la noche dejó la banca y con lento paso atravesó Miraflores entrando a Surquillo, barrio en el que vivía. Después de caminar por calles mal alumbradas llegó a una casa de dos pisos en la que un letrero decía “Pensión Europea”. Allí tenía Jacinto un pobre y reducido cuartucho. Ya en su cuarto se acostó sin tomarse el trabajo de desvestirse.

A las 10 de la mañana Jacinto despertó. Con macabra ironía se cambió de ropa poniéndose lo mejor de su escaso ropero y se acicaló en forma desacostumbrada en él. Luego escribió:

“Señor comisario:

Mi caso no ha de ser único. No soy un hombre feliz y la vida se me ha hecho insoportable; por eso le pongo fin. Como última voluntad deseo que el sobre que encontrará dentro de esta carta la deposite en el Correo a la semana de mi muerte.

Se lo agradece,

Jacinto Retel”

A continuación y con visible emoción escribió una segunda misiva:

“Mi queridísimo abuelo:

No tengo otro recurso que destrozarte el corazón con la pena que voy a causarte. He fracasado y además soy un cobarde. Cuando leas esto, hará una semana que habré dejado este mundo. Seré el culpable de tus lágrimas de dolor y de tu sufrimiento. Si te escribo esto no es para ahondar tu pena, sino con la esperanza que te sirva de alivio y consuelo el que sepas que será en ti únicamente en quien piense hasta el último momento, y además quiero decirte lo muchísimo que te he querido. El hombre bueno que fui, fue tu obra. El suicidio es obra de la vida. Sé que hago mal pero no tengo otro remedio. Abuelo, te pido perdón con la sinceridad que jamás he puesto en mis obras.

Con todo el cariño de mi corazón,

 Jacinto”

Después de mediodía y sin haber almorzado salió en dirección al Correo a depositar la carta que consigo llevaba.

Muy lentamente fue dejando atrás su barriada para entrar en el Miraflores moderno. Por fin y con evidente satisfacción, visualizó el edificio de Correos. Con visible nerviosidad introdujo su mano dentro de la boca del buzón, posiblemente en el deseo inconsciente de cerciorarse de que su carta pasaba a la caja-depósito. Iba a retirar la mano, pues ya había soltado su sobre, cuando sus manos cogieron algo atascado que no había resbalado al depósito. Dando muestras de curiosidad sacó y leyó:

Señora Blanca Marcela Vinces de Salerno

El sobre era de luto y estaba dirigido a Arequipa. La tentación lo asalto: ¿por qué no leer la carta? La idea le gustó y Jacinto se guardó el sobre.

De ahí se dirigió al Malecón Balta, su lugar favorito. Estuvo dando varias vueltas antes de sentarse en la misma banca que el día anterior. Pero ya se había olvidado de la carta que no le pertenecía. Pensaba que dentro de algunas horas dejaría de existir. ¿Qué vendría después? Eso no le preocupaba. Él estaba seguro de que cualquier cosa sería preferible a esta vida hostil. Cosa rara, no sentía ningún temor, tampoco estaba impaciente. Siempre se había figurado que la muerte era algo terriblemente trágico y ahora no tenía esa sensación. Le parecía que sólo a él le reservaba el derecho sobre su vida y que iba a ejecutar la decisión más natural del mundo. Entonces recién se preguntó qué clase de muerte se daría. No tenía ni revólver ni cuchillo ni nada parecido. Mucha gente se suicida tirándose de un edificio alto, pero ésa no le parecía una muerte digna. Se decidió por el veneno, pues era lo que más a mano tenía. Recordó que en su cuarto tenía un frasquito de pastillas de una vez que estuvo enfermo y que el doctor le había advertido que no tomará más de una por día, pues contenían un poderoso estimulante. Si tomaba dos, posiblemente no le pasaría una vida nueva… [Sic]

Esa tristeza de días antes había desaparecido por completo; esa tristeza que tanto lo torturara. Ahora Jacinto se encontraba muy tranquilo. Es que iba a empezar una vida nueva…

Ya pasadas las 6 se levantó y se dirigió hacia su casa. Muy lentamente y como saboreando sus últimas horas fue paseando por Miraflores. Cerca de un bar se detuvo escuchar una canción sentimental. Nuevamente le abrumó la nostalgia, nostalgia por la felicidad que perdía, por el mundo que dejaba. Pero ya era tarde para volver atrás. Entonces Jacinto lloró su desgracia, su tragedia… y continuó caminando como sonámbulo absorbido por su propio dolor.

Jacinto apuró el paso pues se sentía asqueado por todo lo que le rodeaba. Ahora tenía prisa por empezar su “nueva vida” y quería librarse de todo lo material. Intuitivamente trataba de remontarse hacia las alturas de su alma que pugnaba por huir de su prisión carnal.

Por fin llegó a la pensión. De dos trancos subió la escalerilla, devoró el pasillo y entró a su cuarto: el patíbulo.

El corazón le latía apresuradamente y un escalofrío le recorrió el cuerpo; empezó a sudar. Con creciente nerviosismo buscó en su única maleta el frasco de veneno. En un principio no lo halló y su alarma creció por momentos. Al cabo de un rato afanosa búsqueda lo encontró dentro de una bolsa en que guardaba nimiedades. Pero no lo tomó de inmediato. Antes se puso arreglar su cuarto pues calculó que mucha gente entraría en cuanto si supiera su muerte. Puso en orden todo, barrió la habitación y se dispuso morir…

Cogió 5 pastillas del pomito. Bajó al corredor donde las tomó lentamente con un vaso de agua. Inmediatamente subió a su cuarto y se tiró en la cama donde se puso a esperar su última hora.

Pensó en su vida, en su tragedia y también pensó en sus últimos días. Fue entonces cuando de pronto recordó la carta que había cogido del buzón. Buscó en su saco y una vez que la encontró, abrirla y leerla fue todo uno.

 He aquí lo que leyó:

“Mi adorada hija:

Ahora que el dolor nos une nuevamente me atrevo, con ilusión y esperanza, de llegar a tu dolor de madre que por comprenderlo demasiado lo siento en carne propia, como que es mi derecho.
¿Pero en qué forma consolarte? ¿Hay algo que pueda consolar a una mujer en un caso semejante? Si el compartirlo conmigo y él que yo lo sienta tan, tan mío, que ya mis ojos no tienen lágrimas, te hace bien, ya lo sabes. ¡Pero no, hija mía, eso no consuela ni aun viniendo de tu madre!

La conformidad la vas a encontrar en tu propio esfuerzo para sobreponerte y seguir cumpliendo con tus deberes de esposa y de madre. Y para encontrar esa fuerza, que sé antemano es superior a las tuyas, has de buscar socorro en quién sólo puede dártelo: en Él, que maneja nuestro destino con su infinita sabiduría. Sé que eres cristiana y piadosa, pero cuando se sufre un dolor tan profundo como el tuyo, es cuando más y mejor comprendemos lo que significa nuestra peregrinación por este mundo y la divina doctrina de Cristo.

Los dolores, mi hija, nos dejan marcas de fuego, y esas no se borran. A ti te ha llegado el más cruel de todos, y ha borrado de un solo [Sic] toda tu felicidad, y no quiero ser yo la que te escatime consuelo y alivio. Llora, Marcela, no escondas tus lágrimas. Yo también lloro mucho por mi nieta ida, lloro por ella y por ti. Y a mí profunda pena se une la de no poder estar a tu lado, para siquiera poder secar tus lágrimas.

No me despido de ti al terminar esta carta, porque con el espíritu y el pensamiento no te abandono un solo instante. Para Héctor y para ti va un abrazo muy fuerte, muy fuerte, que les lleva toda mi ternura por ustedes y los ausentes.

Tu madre, María Enriqueta”.

Terminó Jacinto de leer la carta, pero durante un largo rato se quedó como aplastado y hundido en lo profundo de sus reflexiones. Pensaba en aquel trozo de papel que le había despertado a la vida. Se sentía poseído de admiración y curiosidad. Pero en aquel momento no recordó que se hallaba al borde del abismo… De ese abismo profundo que tanto ansiaba. De aquella felicidad nunca encontrada… Y entonces cuando la palabra muerte cruzó por su mente un grito desesperado y agónico brotó de su alma.

— Nooooo…

En un instante Jacinto se dio cuenta de lo que había hecho. De lo que iba a venir.

Le pareció que estaba cayendo, que nunca terminaba de caer, y que veía el suelo donde iba a estrellarse, pero no tenía de dónde agarrarse… y seguía cayendo…

Por primera vez en muchos años una lágrima brotó esos ojos, y muchas más le siguieron. ¿Qué iba a hacer? ¿Morir? Y Jacinto amó entonces la vida como jamás. Quiso nacer de nuevo.

Una mortal desesperación se apoderó de él. Sufrió intensamente, como nunca, ni aun cuando la melancolía lo torturaba. Nunca había sido feliz, y ahora cuando creía alcanzarla se desvanecía en el horizonte… como cruel espejismo…

Soñó Jacinto que la carta era para él; que su madre era quien le había escrito… pero ella desde la tumba le pedía la vida. Y él se la negaba. Y ella volvía a morir.

¡Vivir! Despreció y aborreció la vida. Pero ahora Tenía que vivir. ¿Por qué? ¿Por esa carta?

Pero ya Jacinto contemplaba el mundo desde otro punto de vista. La existencia es lo que uno hace de ella, algo grande o mezquino. La de Jacinto fue mala: jamás encontró la felicidad. He ahí su problema.

De pronto una sensación de horrible angustia la recorrió el cuerpo. Un sabor amargo le anegó la boca.

—El veneno— sé dijo Jacinto, como si acabará de oír su sentencia. Y su mano crispada recorrió, desesperada, su frente helada.

¿La vida o la muerte? Jacinto decidió: la vida.

Sólo le quedaban unos minutos existencia. ¿Podría llegar al puesto de socorro? Cruel enigma.  Si llegaba, se salvaría.  Si no…

De su cuarto al pasillo. Del pasillo a la calle. Era una noche profunda, y podía ser la última. Este solo pensamiento aterró a Jacinto.

Devoraba la distancia espoleado por la tortura de la muerte. Todavía le faltaba unos quinientos metros; quizás más, quizás menos.

El silencio es perfecto. Sólo se oyen los apurados, y al mismo tiempo vacilantes, pasos de Jacinto. A lo lejos un gallo canta, proclama el nuevo día todavía por llegar.

Jacinto corre ahora, pero no avanza mucho. Cerca de un farol cae, se levanta: camina unos metros para caer nuevamente.

No quiere morir. Comprende su pecado. Se arrepiente, mas ya es tarde.

Sus ojos están vidriosos: todavía ve, todavía sufre. Quiere avanzar, se para, camina, se tambalea y abraza un poste para no caer.

Ya divisa el edificio donde puede ser su salvación. Jacinto siente dolores horribles. El cerebro es un vértigo continuo. Camina como un ebrio. Falta poco… unos metros más. Grita, pero su llamado se pierde en el silencio de la noche.

—Perdón— dice con cavernoso acento. Y cae. Esta vez para siempre. Y allí quedó Jacinto. Como el hielo, frío; como el olvido, quieto.

De La Crónica, 27 de junio, pp. 12-13.

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