Teofanoj Jamunkaña, de Gamaliel Churata

Arturo Peralta Miranda (1897-1969), conocido por el seudónimo de Gamaliel Churata, fue un escritor puneño descollante dentro del vanguardismo peruano desde su vertiente indigenista o “indigenismo vanguardista”, como lo denominó Mariátegui. Asimismo, se trató un propulsor activo de la cultura, sentimiento e imaginario del mundo andino tanto desde el grupo Orkopata como del Boletín Titikaka, tribuna, esta última, para muchos autores nacionales y extranjeros. En su producción destaca El pez de oro (1957), cuya particularidad, calidad y eclecticismo le ha permitido ocupar ―justamente― un merecido lugar dentro del panorama literario peruano. Tras conmemorar 50 años de su fallecimiento, desde la Red Literaria Peruana compartimos un cuento publicado por primera vez en la revista Mundial en 1929. Dicho relato nos muestra, a través de tintes poéticos desligados de cualquier exotismo, el tratamiento de la experiencia paterna. En este orden, acusamos que si bien Gamaliel Churata es un escritor conocido, aún se deben unir esfuerzos para realizar un estudio sistemático de su obra desde nuestro ámbito.

TEOFANOJ JAMUNKÑA

Gamaliel Churata

El esplendor del cielo en árboles. Todo imbuido de sabor de tierra. A través de las nubes la luz se cierne en explosión azul. Las kesanas del día fresco se entumecen en el friecillo acuático. Azul todo; azul el canto del pichitanka. Yo subía afanoso la cuesta. Llevaba jadeantes los fuelles del espíritu, y a causa de esta disposición se iba quemando mi resuello. ¿Estaba alegre? La pagana alegría que él me trajo se hinchaba en mis ojos entusiastas. A mis espaldas, retrasada, quedaba la ciudad. Traerse a la cincha un pueblo a escalar la cuesta es de hombres. Pero la mala pata poblana se atasca a poco que el cerro le punza sus aristas. Se quedaba atrás ¡la ciudad! Eso que yo también voy a llamar una ciudad. La aldehuela casta, de buen sexo, rica chola de ancha cadera agilitada por el pescozón del hielo, dulce de aliento ¡si no fuera por los lagartos y sapos feos de la estupidez que le han sembrado sus salivas y sus malos rencores de bestia! Los techos de teja y de paja y de calamina también participaban de la humedad. Los de paja, como su lomo de tejas, parecían invertidos maceteros de ichu punzante cultivados por amor a la serranía espiritual que le gusta el gris y el áspero. El color de las tejas es genésico. Alegra y comunica la inocencia. Pero las pajas amarillas u ocres, según sea la edad o el servicio, traen hasta la poblada la sensación del ayllu, d la pampa, del risco; la chujlla está viviente allí donde se ven los anchos tejos de paja como kallampas. La calamina, en cambio, con su apariencia y su vozarrón… inexpresiva y atónica, como todo lo artificial, sin sexo. Pero vista a la distancia y a cierta hora cuando una vaporación azul envuelve todas las cosas, tiene el color del cielo. Por gusto. O acaso esas latas de zinc puestas ahí por la pereza y brutalidad del hombre, en lugar de la teja colorida y el ichu panteísta son una manera de recordar que el cielo se mete en nuestras vidas a pesar de nosotros, que la vida, referida de un punto de la materia a una orilla de la epidermis en un solo espectáculo inhibido en sí mismo. ¡Quiá! Qué no había de comprender entonces mi alegría de animal encariñado. A poco, más adelante estaba la «Quinta» y allí ―lo descubría en mi ansiedad― él, mi hijo, o mi hermano, o mi amigo, aquel fragmento de vida superior que vino a nacerme como un desquite a tanta imbecilidad oída y mirada. Los doces o quince árboles levantaban, por sobre las techumbres, sus copas agitadas y jubilosas en el airecillo matinal. Cantaban las aves y chillaba mi corazón. Y ésta era mi alegría. ¡Él! A quien, con la nube inédita, asomada detrás del cerro verde, iba a recibir en mis brazos. Seguí caminando. Muy luego salió a mi encuentro el ladrido del can familiar. Y más dulce que el miski, su voz, la voz del Teofanoj.

― ¡Tata! ¡Tata! ¡Tétete!

Al trasponer la pirka brincó el tisko tisko, su hipido presuroso y sus manitas se me alargaban. ¡Él era!

Le habían vestido de hombre. Un mameluco de bayeta café sobre toda su carne robusta y chullo de vicuña con filetes y dibujos en rojo testimonio de su adelantada capacidad vernácula.

― ¡Sa bene unté! ¿Ya uno homesito me fuefo?

Con pasitos atolondrados se esforzaba por llegar hasta mí por entre los rosales; gritaba con alegría de cervato. Sentaba lindo el sol en el jardín, entibiándolo. La nube se reclinó sobre el repecho del monte, para inmóvil tirar algodones alegres. Desprendiéndose de la copa más alta alzó un vuelo circular sobre nosotros, el alkamari, yendo a perderse en el centro del cielo. La kurukuta voló desde el techado rompiendo sus cascabeles. El perro me lamía. Mi mujer tiraba de la verja recién amanecida. La cocinera sonreí al vecino, hijo de algún adefesio, y entre la expectación de todos, boquiabiertos, dio un salto gimnástico hasta ponerse en mis brazos dulces.

― ¡Tata! ¡Tétete!

― ¿Non lieron tetita me fuefueto? Millay ñuño… ¡A ver! ¡A ver! ¡Teta!

Desabroché el corpiño materno y sacando la ubre exuberante llévela a su boquita. De rato en rato, mientras mamaba estaba atento a mis movimientos. Si me fuera dejaría la teta para chillar. Y eso es como si a uno le mamaran la ñuño mental, como si en el epicentro volitivo dejaran caer una gota de miel. Díjeme: ¡Onafno me quiere más que a su tata!

― ¿Por qué no has venido anoche? ―dijo su madre. ¡Y luego aparentas quererlo!

El chiquillo miraba de reojo para dar hondura al reproche de la mamala.

― ¿Chi? ¿Chi? ¿Buscaba unté so tata?

Y por toda repuesta hacía grititos sin dejar el pezón. Hice un movimiento de retirarme, y chilló

― ¡Acá! ¡Tata!

¡Cómo entonaba su obra de belleza la vida! Se alzaba ya dos cuartas y media sobre el suelo y alcanzaba la altura del primer perfume floreal.

Su color limpio, y sobre el mate de la piel mestiza, pinta rosa el rosa la salud valiente. Su carita redonda y su boca sin dureza tiene imperio hablador. El pecho alto se dibujaba con honradez y el abdomen repleto con ánimo. Los brazos llenos y las piernecitas ya de tendones firmes, estaban anunciando al futuro andante. Para mirar ¡sus ojos! Para castigar ¡sus ojos! Para acariciar ¡sus ojos! Sus ojos provienen del llama ñawi metido entre los pozos de la nebulosa. Ojos astrales desde donde yo vi, para siempre, tejido angélico de la carne. Su frente para darme sensación etérea, una insinuación combada buena al viento y a la fiebre de las ideas.

― ¡Um! ¡Um! ¡Tata! ¡Crin! ¡Acá! me decía, para que lo sacara de la explanada de la Quinta donde viven los árboles y es constante el canto de los pajarillos.

Gritábame yo:

― ¡Sonó me fuefo unté! ¡Yo coto lo pocoso y lebento lo lobo!

Y chillaba, chillaba como el kelluncho con chillido encantador. Y me señalaba las flores y me señalaba el canto de los pajaritos. Gritaba él; con él corría yo. Nos tirábamos entre el pasto. Él se trepaba a montarse en mi pecho. Me halaba los cabellos, se echaba sobre mi cara para morderme las orejas. Su alegría no tenía límite; la mía me localizó de antemano en el sitio de la tierra desde donde se percibe el hálito de la luz. Estábamos solos y éramos lo único creado. Para acariciar de lleno estiraba mi brazo en busca de lo oculto; por ese camino inhollado tropecé con la suavidad de nuevas canciones. ¡Tata! Me gritaba y yo le cantaba: ¡fuefueto! Todos miraban asombrados. La locura al desprenderse de la infancia se vuelve inocencia en la costilla joven. Eso conmigo. Locura de sentir lo que no sienten los demás. De poseer lo que no ven siquiera los ojos de todos. Yo, teniéndolo entre mis brazos, fornicaba con derecho varonil el ritmo de la vida. ¡Mi ritmo! Entenderlo; porque eso es solamente uno. ¡Um!, ¡um!, ¡Tata!, ¡Criii!, ¡aca!. Mis gritos apabullaban los suyos; pero a la postre sólo los suyos tenían razón, porque poniéndome las manitas sobre la boca me gritaba ¡Um!, ¡um!, ¡Taca!, ¡aca!, ¡criii!…

Y así pasaban las horas y la alegría sudando en el aire. Y yo, luego, acezando me sentaba y él reclinaba su cabecita en mi brazo y nos dormíamos. Pero allí tampoco acababa el ejercicio del amor, que mi esperanza agitaba alas y mientras desde el hueso vigilaba el sueño, tiraba el cuerpo en salto elástico y mi corazón hacía piruetas en los vientos.

― ¡Um!, ¡um!, ¡Tata!, ¡crii!, ¡aca!

Desde entonces datan esas palabras con que le arrullaba en mis sentaderas.

¡Duerme burrito! ¡Despierta hombrecito! ¡arroró!, ¡arroró! Después, después se acercaba de puntillas su madre y se lo llevaba. Todavía un rato quedaba yo meditabundo de pasto.

Descendiendo la cuesta pensaba: «Sólo me deja cuando duerme y ni aún así: dormido adora lo que hollé como yo que huelo su adoración. ¡Pues al trabajo! ¡Al trabajo! Por él, fórmula, esquema y sonrisa robusta en agilidad de cervato. Mi agilidad renacida. ¿Y su alma? Su alma está llenándome de eclosiones perennes… Todo amanece y enjuga. Invade el alma al alma. ¡Teofanoj!

Rápido y contento con mi aprisco de glorias en el lomo. Labriego que roturó sus campos. Hombre que entrevió un ángel en el fondo de la caverna.

¡Duérmete burrito! ¡Despierta hombrecito!, ¡arroró!, ¡arroró!

Luego me tragó la fauce poblana y yo henchí de gozo mis peros y di vuelta brava y alegremente a la muela de la noria…

La luz seguía parlando.

FUENTE:

Churata, Gamaliel (2010). Teofanoj Jamunkaña. En Boris Romero Accinelli, Antología del cuento puneño. Lima: Ediciones Brasa S. A. C.

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