Hanna Nohe: “En el texto se recrea de manera topográfica lo que experimenta el sujeto migrante. En esa área textual tenemos dos espacios geográficos que se han reunido”

Por Daniela Oyola

A inicios de este año, mientras estaba de visita en Bonn, Alemania, tuve la oportunidad de reencontrarme con Hanna Nohe, doctora en Filología Románica y docente del Departamento de Romanística (Romanisches Seminar) en la Rheinische Friedrich-Wilhelms-Universität Bonn. Entre sus varios enfoques de investigación se encuentra el análisis de la literatura transnacional y la representación de la migración, especialmente en la literatura latinoamericana contemporánea. Como se sabe, el siglo XXI está caracterizado por la consolidación de las dinámicas de globalización, que se desplegaron junto con (o quizá a partir de) el asentamiento en la población internacional de la percepción de la imposibilidad de las utopías y proyectos colectivos, ante el fracaso de los mismos en el siglo pasado. Desde mi punto de vista, en el plano simbólico esto se ha manifestado a través de dos fenómenos representacionales, especialmente en la literatura reciente. A nivel discursivo, la aparición de lo que se podría llamar un subgénero: “las nuevas narrativas del yo”. A nivel temático y argumental, la recurrencia a tratar el tópico de la migración y la ubicación de la voz del propio sujeto migrante en el núcleo de la narración. Hanna Nohe ha dedicado varios trabajos al análisis de novelas de escritores latinoamericanos recientes que relatan historias de sujetos migrantes. En particular, estos textos, al presentarse como autobiografías o autoficciones, se permiten jugar con los límites entre la ficción y la realidad. Mediante el uso de la narratología y de nuevas teorías sobre la migración como fenómeno también discursivo, la investigadora propone nuevos acercamientos a la voz del sujeto migrante, siempre ecléctico en tanto situado de forma permanente en un contexto transnacional y globalizado.

Daniela Oyola: La crítica literaria ha percibido una especie de conflicto entre realidad y ficción en las producciones literarias recientes de América Latina, como una “resistencia a la ficción”, que se ha manifestado sobre todo en la proliferación de narrativas que exploran lo personal y lo autobiográfico. ¿Cómo considera que esto se conecta con el desarrollo de una narrativa sobre la migración, narrada desde la propia voz del migrante?

 

Hanna Nohe: La narrativa sobre la migración es, efectivamente, autodiegética. Está vinculada a una experiencia del yo narrante y construye, muy a menudo, una ficción de autobiografía. Es un género que juega mucho con la realidad y la ficción, que crea esa tensión entre ambas, justamente porque a menudo los autores también han migrado. A veces, presenta la narración como autobiografía o como autoficción con un yo que tiene el mismo nombre, los mismos datos biográficos. Entonces, ahí se crea un juego en el que dice: “esto es mi vida, la que cuento”. Aquí tenemos un ejemplo de Ariel Dorfman, en Rumbo al sur, deseando el norte, donde el narrador lo presenta como autobiografía. Se presenta como una memoria autobiográfica, pero, al interior del texto dice, y cito: “una transición al juego más grande de engaños que ha inventado la humanidad: la literatura. El juego que estoy ejerciendo en este mismo momento, puesto que el lector ha creído, tengo que suponer, cada una de mis palabras, predecibles y esquivas, dando fe de que son ciertas sin pruebas de que no estoy inventándome una vida en este libro tal como me inventé un futuro nombre a bordo de ese barco”. Tenemos una autobiografía, pero al mismo tiempo juega con la ficción. Y, al revés, en los textos ficticios hay un juego con la persona del autor. Entonces, sí, creo que la narrativa migrante se presta de modo ejemplar porque se sirve de ese vínculo entre autor y obra.

DO: Incluso los límites pueden borrarse aún más cuando se incluyen ciertos paratextos: un prólogo o un epílogo que termina desestabilizando lo que el lector había entendido como un consenso y se pregunta en qué punto se encuentra, si en ficción o en la descripción de la realidad, por lo que cambia la concepción que hasta ese momento tenía.

 

HA: Eso es, y luego entra en diálogo con lo que el lector percibe, porque puede que no esté de acuerdo con lo que ha creado como marco en el texto.

DO: Asimismo, el auge de la narrativa de la migración va de la mano con lo que se ha llamado el giro subjetivo”. Muchos autores, como la propia Molloy y Beatriz Sarlo, proponen que una de las principales causas de este fenómeno discursivo fue la “crisis de la autoridaden América Latina. Las nuevas narrativas del yo construyen una idea de la nación en crisis y buscan complejizarse en esta precariedad, en el sentido de la inestabilidad de la identidad, ahora en una vuelta a la historia personal, al espectro de lo íntimo. ¿De qué modo considera que el discurso migrante complejiza estas ya precarias, ambiguas y vacilantes “escrituras del yo” latinoamericanas?

 

HA: Esta pregunta se conecta a la anterior en el sentido de que el enfoque en el sujeto se confirma en esa escritura migrante, porque el migrante está solo. Tanto el sujeto que vive esa experiencia migratoria como el que narra, ambos están solos. Entonces se trataría de una reafirmación de dicha percepción subjetiva.

DO: ¿Cómo entiende eso? ¿Podría decir, de algún modo, que la narrativa que toca el tema del migrante, es decir, de la migración y de esta voz migrante, estaría incluída en esta nueva narrativa del yo, que es una más de estas, o al contrario, han formado lo que ahora se conoce bajo este nombre? Porque hay muchos textos que son narrativas del yo pero que no relatan una migración. Por ejemplo, las narrativas del yo sobre la memoria son autobiografías que parten de la historia del padre o de la madre, como las diferentes narrativas que son ambientadas en la post dictadura chilena, que Sarlo denomina “de segunda generación” o de la posmemoria, u otras como los textos de Pedro Lemebel, donde también hay esta idea de una movilización en sentido temporal y espacial, porque se relata el proceso de cambio desde la juventud hasta la adultez y a la vez el desplazamiento de un sujeto desde un origen generalmente precario.

 

HA: Yo creo que forma parte de esa tendencia, pero no me atrevería a decir que ha inaugurado la escritura del yo o que es una escritura del yo especial. Lo que diría es que se trata de un fenómeno que forma parte de esa tendencia y que surge en ese marco también temporal en el que emerge esa escritura del yo; es un tipo de escritura del yo, diría. Las escrituras del yo surgen en un momento en el que, como observa también mi colega Arturo Córdova Ramírez, nos hemos vuelto muy cautelosos en tomar la palabra para otro, viene en el momento o quizá también después de la escritura de los testimonios, donde queremos que la persona tome la palabra. La escritura del yo es como una forma más fuerte de decir: “bueno, yo solo hablo por mí mismo”; pero son testimonios en voz directa. Y, entonces, es también como un refuerzo del actuar del yo. En teorías postcoloniales se hablaría de la agency, de reforzar que todos podemos actuar por nosotros mismos y no necesitamos de otra persona que hable por nosotros.

DO: Eso también podría estar conectado, como lo dice Molloy y Sarlo, a esta especie de crisis de la autoridad a causa del fracaso de los proyectos colectivos nacionales o a mayor escala del siglo anterior. Justo ha sido en este contexto en que se produce esta vuelta. En las nuevas narrativas, de algún modo se nota esta vacilación, porque tal vez el sujeto mismo, la voz escritural o narrativa siente que ya no puede hablar por una colectividad. Ante ese miedo o vacilación, opta por situarse en un discurso personal e íntimo, ya que es lo único que él puede dar validez. También mencionó que, en general, la característica de este sujeto narrador migrante es el de la voz autodiegética, y eso se conecta con la autorreflexividad y la metaficcionalidad que también menciona en muchos de sus trabajos. ¿Considera que estas dos características son propias de la narración del sujeto migrante de Latinoamérica?

 

HA: Me parece que la autorreflexividad es una característica de cada sujeto migrante porque -y eso es lo que yo intentaba hacer ver en los textos que analizo- migrando nos encontramos en una situación colectiva diferente donde no nos ubicamos y, entonces, para volver a hacerlo, tenemos que reflexionar sobre quién somos, qué queremos, qué pensamos, qué creemos, y entonces ahí, automáticamente, en esa reubicación de identidad, de sociedad, de valores culturales, hay un proceso de autorreflexión. En tal sentido, creo que eso es lo que caracteriza a la migración, al sujeto migrante. Ese vínculo entre metaficcionalidad y autorreflexividad sí que me llama la atención en la literatura latinoamericana; sin embargo, no quisiera decir que solo se encuentra en dicha literatura, porque eso es difícil de afirmarlo, pero sí he reparado en que esa autorreflexividad y metaficcionalidad vinculadas se encuentran mucho ahí.

DO: ¿Cómo cree que han operado estas dos características en las obras del escritor peruano Lorenzo Helguero, específicamente en Entre el cielo y el suelo?

 

HA: En Helguero la metaficcionalidad no se encuentra de manera explícita. Ahora que lo comentamos se podría decir que se halla implícita, porque la construcción, la estructura de esa obra está hecha de modo que reflexiona sobre sí misma. Es interesante esta pregunta porque no hay un narrador que habla sobre lo que está escribiendo como obra ficticia, sino que son cuatro personajes diferentes que hablan entre sí en cinco capítulos distintos. El primero y el último son escritos por el mismo personaje pero no de manera simultánea. Entonces, cada capítulo crea un medio; es decir, no es como si estuviera escribiendo una novela, sino que crea un medio cerrado. El primero es un monólogo interior que parece dialógico, ahí no tenemos la supresión. Pero lo que sí se produce al final es una autorreflexión implícita que hacemos como lectores, pues nos preguntamos qué ha pasado entre esos dos capítulos con este personaje.

DO: Es también un modo de buscar una actitud activa por parte del lector. Y eso es diferente en el libro de Juan Gabriel Vásquez, Historia secreta de Costaguana, donde la metaficcionalidad está completamente explícita al hacer constantemente estos juegos narrativos.

 

HA: Sí, en Historia secreta de Costaguana entra la dimensión de la intertextualidad. Es un juego con un texto de Joseph Conrad, y lo que este libro hace es decir “bueno, yo el narrador ficticio, soy el que ha dado el tema a Conrad”. Invierte todos los niveles, todas las dimensiones de la creación literaria y nos encontramos frente a una metaficcionalidad doble.

DO: Está explícita a diferencia de la obra de Helguero. Sin embargo, del otro lado, el lector posee un papel activo porque se encuentra ante una multiplicidad de niveles narrativos y tiene que adaptarse a todas estas dimensiones.

 

HA: Eso es, además porque se hace la pregunta sobre si es un narrador fiable o no.

DO: Hay varias narrativas del yo que se caracterizan por esto: la misma voz narrativa hace explícita su vacilación o su posible incapacidad de ser una voz fiable para el lector.

 

HA: También está la dimensión de la memoria, que es como explicitar el trabajo de esta última y ser consciente, además, de su dificultad. No podemos estar siempre seguros de nuestros recuerdos y eso relativiza todas las posiciones que forman parte de la memoria.

DO: Es una voz narrativa que no tiene miedo de mostrar esta debilidad de no poder recordar todo o no poseer la Verdad en mayúscula. Esta crisis de la autoridad se puede conectar con la crisis del Autor, es decir, con la idea contemporánea de que ya no existe el autor en este gran papel como guía de la narración y que, por tanto, se encuentra siempre por encima del lector. De esta manera, el lector cobra un papel mucho más activo.

 

HA: Sí, ya no tiene miedo, y el autor, por su parte, pierde de cierta manera su autoridad, pero al mismo tiempo es jugar con el lector y provocarlo a participar, jugando de una manera aún más fuerte con esa vacilación.

DO: Le permite asumir muchas más posiciones dentro de la narración. En sus trabajos sobre el sujeto migrante en la reciente narrativa en lengua hispana, usted ha considerado fundamental recurrir a la propuesta de Abdelmalek Sayad sobre la “doble ausencia” para el análisis del discurso de este sujeto. ¿De qué se trata y cómo es que se manifiesta simbólicamente en la narración?

 

 

HA: El título ha sido propuesto por Bourdieu y publicado póstumamente en concordancia con Sayad. Esta doble ausencia se refiere a diferentes niveles: por un lado al nivel físico, la ausencia en el país de partida y, por otro lado, la ausencia jurídica en el país de llegada: es inmigrante pero no tiene el estatus de ciudadano, no puede participar en ciertas actividades políticas, por ejemplo. Aquí ingresa dicha tensión entre la ausencia física en el país de partida, la presencia física en el país de llegada, pero una ausencia política, jurídica, por lo que tiene esa sensación de estar siempre ausente en cualquier lugar. Sin embargo, al mismo tiempo se encuentra presente en ambos sitios: donde está físicamente ausente, está presente económica, jurídica y políticamente, y eso le da posibilidades de actuar como mediador de diferentes modos a nivel transnacional. Asimismo, podemos ver una presencia en ambos lugares: a través de su memoria, el sujeto migrante vuelve a estar “presente” en el país del que está ausente, y al mismo tiempo menciona esa doble responsabilidad económica. Aquí tenemos una interconexión de todos esos niveles, los lugares, los tiempos, lo cual crea una red. Al mismo tiempo, podemos ver lo que el sujeto siente: esa presencia inmediata en ambos países. En tal sentido, en el texto se recrea de manera topográfica lo que experimenta el sujeto migrante. Si seguimos a Jurij Lotman, quien dice que el texto mismo es un lugar, entonces en ese espacio textual tenemos dos espacios geográficos que se han reunido.

DO: Entonces, según Sayad, los sujetos migrantes serían doblemente pertenecientes a esas sociedades. En Entre el cielo y el suelo de Helguero, ¿cómo se vinculan estas dos  pertenencias en el discurso narrativo?; asimismo, ¿de qué modo se conecta el aquí y el allá del sujeto, es decir, su pasado y su presente?

 

HA: En Entre el cielo y el suelo tenemos una desconexión entre el sujeto textual y el sujeto migrante porque, como mencioné antes, las voces se reparten en diferentes personajes. El sujeto migrante habla por sí solo sobre el lugar anterior. A través de la memoria, en el sujeto se recrea esa ausencia. Pero al mismo tiempo, y quizá eso sea la riqueza del texto, tenemos la presencia del pasado a través de los personajes que se han quedado ahí y que también hablan. Entonces tenemos dos niveles: el sujeto migrante narrador y el texto, que recrea un universo polifónico de diferentes lugares y personajes simultáneos.

DO: Claro, porque el pasado está muy presente.

 

HA: En ese mismo momento, en el presente, aparte del casete final que fue grabado años antes, los demás personajes que hablan pertenecen al pasado del protagonista. El diario de la novia empieza antes, pero va hasta el presente; sin embargo, en el monólogo del sujeto migrante tenemos también una memoria del pasado en Lima.

DO: Hay una polifonía mucho más explícita a partir de la presencia de varios narradores, de varias voces. Por otro lado, según usted propone en relación a aquellos textos en que el protagonista se relaciona con otros migrantes, la situación personal compartida es tan comparable que se podría hablar, desde un punto de vista transcultural, de la formación entre ellos una cultura semejante. Este concepto de transculturalidad se distanciaría, en cierto sentido, de las propuestas de Fernando Ortiz y Ángel Rama, y se acerca, más bien, a la más reciente de Wolfgang Welsch. En las obras analizadas, ¿cómo se despliegan las dinámicas transculturales, entendiendo la categoría a partir de este último autor?

 

HA: Esto se ve mucho en la novela El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa, donde se crea un universo de sujetos migrantes en París que provienen de lugares muy diferentes del mundo: Colombia, Marruecos, Senegal o Corea del Norte. Todo un universo de diferentes sujetos. Lo que Ortiz y Rama hacen es hablar de la transculturalidad en un contexto donde se encuentran diferentes culturas, donde todos vienen de diferentes puntos y desarrollan un modo de adaptar partes a su propia cultura. Welsch, en cambio, dice que vivimos en un mundo tan globalizado que ciertas cosas las comparten los sujetos a modo transnacional, y tenemos diferencias inclusive entre los sujetos de un mismo país. Él da el ejemplo de que da igual si los periodistas son de Lima, de París o de otro lugar, pues son todos periodistas y se entienden entre ellos, porque viven en un mundo muy semejante a través de lo que hacen. Sin embargo, los ejemplos que da Welsch son, a mí parecer, de una élite intelectual y a nivel socioeconómico, que se mueve en un mundo muy cosmopolita, de manera transnacional. De ahí viene ese habitus compartido. Por otro lado, con respecto a los sujetos migrantes en la novela de Gamboa, no forman parte de la élite, al menos no la mayoría. Y aun así, como todos comparten en el lugar de llegada una situación semejante, justamente al margen socioeconómico de esta sociedad, se conectan entre ellos, y es ahí donde se crea dicha transculturalidad, según Welsch.

DO: Además, las propuestas de Rama y Ortiz se formulan en el análisis de contextos pasados y quizá es por eso que las planteen desde una perspectiva dicotómica, es decir, constantemente están hablando de dos culturas. En cambio, Welsch ya habla de una multiplicidad, más que de desplazamientos que van de una cultura a la otra.

 

HA: Exactamente, la diferencia sería que Ortiz y Rama se refieren a un lugar donde se encuentran culturas, mientras que Welsch parte del movimiento de todo. Al menos de un movimiento de las culturas de manera global, mientras que para Rama y Ortiz las culturas chocan. Visto de esta forma, sí sería una concepción de culturas más cerrada.

DO: En su análisis sobre el sujeto migrante, Antonio Cornejo Polar señala que al situarse en locus diversos y diversos al mismo tiempo, este sujeto maneja una pluralidad de códigos que no se confunden o se funden en uno solo, sino que preservan en buena parte su propia autonomía. Su discurso, en ese sentido, no solo es disperso, sino polifónico, por medio del cual hablan múltiples voces tanto pasadas como presentes. ¿Hay algo de esto en las obras latinoamericanas que ha analizado? Como decíamos, en el caso de Helguero esta polifonía se hace más explícita porque está conformada por varios personajes, pero en este caso también podríamos hablar de una polifonía dentro de la misma voz migrante.

 

HA: Sí, Cornejo Polar usa el término de sujeto heterogéneo, sujeto que no se diluye, que no puede solucionar esa dialéctica que se da entre dos o varias culturas, lugares, sociedades, como lo querramos llamar. Él caracteriza al sujeto migrante como un sujeto en el que en su interior tenemos dicha polifonía. Por ejemplo, en Rumbo al sur, deseando el norte de Dorfman, hay un pasaje donde se oye muy bien esa dialéctica interior: “De dónde venía? De donde era yo? Sentado ese día en Berkeley, California, frente a mi Olivetti portátil, precariamente equidistante de mi castellano y de mi inglés, quizá por primera vez plenamente consciente de mi extraordinario ser bicultural, no tuve la madurez ni el espacio ideológico o emocional, probablemente ni siquiera el vocabulario, para responder que era un híbrido, una parte gringo, otra parte chileno, una pizca de judío, un mestizo en busca de su centro de operaciones”. Aquí se expresa de manera explícita esa mezcla. Él usa el término híbrido, y es justamente eso: ser compuesto de diferentes partes que no se pueden disolver o que no se pueden resolver en una cosa, sino que forman parte todas de uno mismo.

DO: Claro, y esta polifonía también desestabiliza lo que tiene que ver con la idea de vacilación, de precariedad, que el sujeto ya no tiene miedo de expresar sino que, al contrario, lo entiende como una forma de vincularse más con el lector.

 

HA: Sí, es una vacilación interior. En Dorfman es sobre todo interior, de entender quién es, y sí lo transmite de esa manera al lector, en esa dicotomía y oposición que no se puede disolver, que lo transporta prácticamente al lector.

DO: Peter Burke propone que los procesos culturales relacionados a la migración y a la globalización han dado lugar a “textos híbridos” y “géneros literarios híbridos”. Por su parte, pero en la misma línea, Josefina Ludmer ha propuesto el concepto de literaturas post-autónomas”, que se refiere a aquellas escrituras que reformulan la categoría de realidad (y por tanto de ficción). En su entrada a “la realidad de lo cotidiano”, fabrican presente con la realidad cotidiana. ¿Considera que las narrativas de la migración que ha estudiado pueden incluirse en estas categorías? O, por otro lado, ¿considera que el discurso migrante rebasa estos nuevos conceptos?

 

HA: Debo incluir un paréntesis: el término de la literatura de la migración se ha discutido y criticado mucho justamente porque es una etiqueta que crea la idea de uniformidad, de un tipo de textos que en realidad son muy diversos en el interior. Por eso, debemos tener cuidado al hablar de literatura de la migración, pues depende muchísimo del contexto y de la propia literatura. ¿Estamos hablando de literatura o personas latinoamericanas?, ¿cuáles son los contextos del mismo autor? Si hablamos de la literatura de la migración se abre un campo increíblemente grande y, al interior, podemos encontrar todo tipo de literaturas diferentes. Algunas que juegan mucho con el tipo de ficción y realidad, de autorreflexión, de proponer algo como ficción que es realidad, el juego mediante la intertextualidad; en otras palabras, ahí tenemos muchos tipos diferentes de literatura y creo que esa es la respuesta.

 

 

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