Ramón, por Miguel Gutiérrez

La narrativa corta de Miguel Gutiérrez, ciertamente, no ha sido objeto hasta hoy de estudios rigurosos por parte de la academia. Al parecer, la trascendencia de su novela La violencia del tiempo y la controversia que generó su ensayo La generación del 50: un mundo dividido han opacado esta parte inicial de su producción literaria. Prueba significativa de esta observación es que en el libro Del viento, el poder y la memoria. Materiales para una lectura crítica de Miguel Gutiérrez sorprende la ausencia total de artículos que aborden “Una vida completamente ordinaria” o “Ramón”. En ese sentido, queremos destacar este último cuento no solo por su difícil acceso y hallazgo, sino porque creemos que aquí se encuentran acaso dos de los elementos que más han caracterizado las novelas de Gutiérrez: la violencia y el poder.

Ramón

Miguel Gutiérrez

Mamá está llorando, y yo juego con mi revólver. De vivir papá seguro también lloraría. Yo no puedo llorar. Solo lloro cuando tengo cólera o cuando mamá me zurra. De pena nunca lloro. Y casi nunca tengo pena. Ramón decía que los niños no deberían estar tristes. También decía que los niños debían reír, que la risa era de los niños. Ramón decía tantas cosas que hasta ahora yo no entiendo. Ramón era mi hermano. Y mamá llora por Ramón, llora por su hijo.

Hoy no podré jugar con Ruby. Es una lástima no poder jugar al escondido con Ruby. Aunque siempre pelea conmigo, yo sé que me quiere. Anteayer nomás se molestó conmigo y me dijo que yo era un zonzo porque no quise esconderme con ella debajo de la cama. Me dijo que si seguía así no se casaría conmigo. Así me amenazó. Yo me hice el que no me importaba, pero en el fondo me sentí triste porque cuando sea grande quiero casarme con Ruby. Jugamos muy bonito al escondido, pero hoy no vendrá Ruby porque mamá está llorando. Llora porque Ramón ha muerto.

Hace dos años que no veo Ramón. Y ya no lo veré más. Las amigas de mamá dicen que ha tenido mala suerte con su hijo mayor. También dicen que yo soy bueno, que soy mejor que Ramón. Dicen que soy la única esperanza de mamá. Ahora nomás hay allí varias amigas consolándola. Ya tengo sucia la cara de tantos besos que esas señoras me han dado. A cada rato me llaman a su lado, me abrazan y me besan con esos labios pintados —los labios de Ruby no tienen pintura— para consolarme. Por eso vine hasta este rincón donde nadie me molesta. Ellas dicen que Ramón era un mal hijo. Pero mamá les responde que para una madre no hay hijos malos…

Mamá sigue llorando y es una lástima que papá no viva sino seguro que él la acompañaría en su llanto. Yo no puedo llorar porque Ramón decía que los niños solo deben reír. No puedo hacer nada. Ni disparar este revólver puedo. Tengo que estar solo, sin Ruby. Solito.

Como es domingo, ahora fui a misa. Anoche me enteré de la muerte de Ramón. No sé por qué me dio cólera la noticia. No sé por qué en vez de sentir pena, sentí rabia. Y ahora fui a misa para rezar por Ramón y me atacó de nuevo la cólera, pero no fue porque sí; resulta que ya me había vestido de monaguillo, porque me gusta ayudar al padre a celebrar la misa —me gusta escuchar el sonido de las campanitas—, cuando viene el cura y mirándome con compasión y cogiéndome los cabellos me dice: “Ánimo lujo”. Entonces sí que me salieron las lágrimas, pero era porque hervía por dentro de rabia. Recordé unas palabras de Ramón. Una noche le dije o le quise dar a entender que yo sentía pena por él. “Nunca sientas pena ni compasión por nadie. No tienes derecho. Nadie tiene derecho”. Por eso me dio rabia la compasión del cura. Pensé, entonces, vengarme de esa compasión y lo hice mientras ayudaba a la misa. Cuando el padre levantó el cáliz y vi que todos los asistentes agachaban sus cabezas, comencé a sonar la campanilla con toda mi fuerza y sin parar. Entonces sucedió eso: un escándalo. Toda la gente me miraba y murmuraba, algunas señoras gritaban, todo era un alboroto hasta que el padre dejó su cáliz y su hostia y trató de contenerme porque yo estaba toca que toca y riéndome como el loco que se pasea todas las tardes frente a mi casa. De haberme visto Ramón de seguro se habría alegrado. Porque él decía que la risa es de los niños… Cuando vine a casa ya todo había pasado, pero encontré a mamá que lloraba y a todas sus amigas consolándola. Ninguna de esas señoras quería a Ramón. Y esto lo oí ahora que pasé a mi cuarto a sacar mi revólver. Decían que en el fondo era una bendición para mi madre, porque así se había librado de un hijo que solo lágrimas le había dado en la vida. Pero ella les decía que la madre está hecha para perdonar a sus hijos. Y ella perdonaba a Ramón. Perdonaba a mi hermano.

¡Lástima que no pueda venir Ruby! Tampoco puedo salir a jugar con mis amigos. Tengo algunos amigos y con ellos juego a los bandidos. Pero esta tarde no podré salir. ¡Lástima! Mi revólver estaba listo para tumbar a los bandidos porque hoy me tocaba ser el joven. Otras veces soy yo quien tiene que hacer de bandido, y entonces tengo que morir. Pero hoy me tocaba a mí matarlos, con este revólver que me regaló mamá para navidad … Ahora que recuerdo, a Ramón no le gustaba que yo jugase con revólveres ni con nada que sirviera para matar … Sí, ahora lo recuerdo … Pero entonces, ¿por qué Ramón …? En verdad que hay cosas que nunca podré entender. Todo me parece raro hoy: el llanto de mamá, el revólver, la misa la misma muerte de Ramón. De estar seguro que también me parecería rara. No, no es que esté triste, pero tantas lágrimas me fastidian porque yo no sé llorar, porque soy un niño y los niños solo deben reír…

Mamá le tenía miedo a Ramón, esa impresión me causaba. La última vez que vino todo era silencio en la casa. Recuerdo que fueron unos días muy tristes. Por eso cuando se fue Ramón dio la impresión que la casa volvía a respirar. Y ahora mamá está llorando porque Ramón nunca más podrá venir… Sí, esa impresión me dio: que mamá temía a Ramón, temía a su hijo. Aún recuerdo a mi hermano sentado allí en ese sillón, los ojos cerrados, el ceño fruncido, sin decir nada. Yo también terminé por cogerle miedo. No hablaba con nadie. Nunca reía y yo temía que llegara la noche porque dormía en su cuarto. Yo me hacía el dormido, no osaba moverme de un lado a otro. De rato en rato abría disimuladamente los ojos y lo veía lo mismo que durante el día sentado en el sillón. En una de esas descubrió que lo miraba: “¿Qué miras?”, me dijo. No sabía qué responderle, hasta que atiné a decirle: “No puedo dormir. No tengo sueño”.

Ramón se quedó en silencio un momento como si se hubiera olvidado de mí, pero luego comenzó a hablar, casi sin mirarme. Al final yo estaba encantado con la suerte del “patito feo”. Recién comencé a comprender a Ramón. Y todos los días esperaba con impaciencia que llegase la hora de dormir porque cada noche Ramón tenía una nueva historia que contarme. Después se marchó y yo fui a despedirlo. Fue entonces cuando me dijo que nunca estuviera triste, que los niños siempre deben reír. Por eso no quiero llorar ahora que él ha muerto. Ahora que no tengo quién me cuente más historias.

Este revólver es de juguete. Con este revólver no puedo matar a nadie. Además, le faltan balas. ¿Cómo sería mi cara después que yo me disparara un tiro en la cabeza? De seguro que saldría bastante sangre y me mancharía toda la ropa. Y mamá se molestaría porque a ella no le gusta que me ensucie. ¿Se le habrá manchado la ropa a Ramón? Allí en el periódico no se nota nada. Lo único que sé es que después de leerlo todo ha cambiado. Mamá está llorando y preguntándose por qué lo hizo y sus amigas la consuelan y yo sin poder jugar al escondido con Ruby. Estoy solo por primera vez. Estoy yo con mi revólver. Con mi revólver si balas, que no sirve para matar a nadie, ni a una de esas viejas que dicen que Ramón era malo. ¡Si al menos viniera Ruby! A ella le diría que Ramón no era malo, que Ramón murió solo y sin nadie, sin ninguna Ruby con quien jugar al escondido que estaba solo con su revólver, con su revólver con balas, de esas balas que penetraron su cabeza y se la destrozaron. Seguro que Ruby me creía y hasta seguro que lloraba, y yo la dejaría llorar… Ya nunca más lo veré silencioso, diciéndome que los niños deben ser alegres. En verdad, Ramón, yo quisiera complacerte; palabra que sí, Ramón. Palabra que quisiera estar alegre… pero no, mejor yo quisiera “ser tú” y que “tú” fueras yo, para que juegues con Ruby y para que todos digan que eres mejor que yo. Entonces te diría que aunque todos los niños no deben llorar, tú debías hacerlo cuando yo apretara el gatillo de mi revólver sobre mi frente. Yo sé que llorarás, a pesar de tu risa. Yo sé que llorarás cuando leas y veas mi rostro en algún periódico, solitario, con la bala clavada en mi cerebro. Yo sé que llorarás cuando ese día llegue. Yo sé que ese día no podrás contener las lágrimas. ¿Verdad, Ramón?

(1960)

[Gutiérrez, Miguel (1967). Ramón. Kachkanirajmi. Revista de cultura, junio-agosto, 3.]

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