¿Qué es la poesía?: Esa eterna pregunta, otra respuesta incompleta, por Víctor Vich

¿Qué es la poesía?: Esa eterna pregunta, otra respuesta incompleta [1]

Víctor Vich
Pontificia Universidad Católica del Perú

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La poesía es la forma más radical de intervención en el lenguaje y de producción de significado. Es la construcción de un ritmo y de una imagen al interior de una tradición estética, pero es también el intento por hacer algo nuevo dentro de esa misma tradición. En la poesía, el poeta no solo expresa lo que piensa o siente, sino que trabaja con el lenguaje para constituir u ocultar eso que piensa o siente. Mucho más que una «expresión directa» de ideas o deseos, la poesía surge, sobre todo, de una experiencia con el lenguaje, a través del lenguaje y en el lenguaje mismo.

Giorgio  Agamben ha explicado nuevamente que el objeto de un poema es el propio lenguaje y cómo, de alguna manera, todo poema también le canta a la lengua misma. Ciertamente, a los poetas les ocurren hechos en la vida, pero solo conocemos esos hechos luego de haberse transformado en un conjunto de palabras y no en otras. Al mostrarse a través de ellas, esos hechos se constituyen, es decir, adquieren forma y sentido. Cuando, en el refrán común, se dice que los poemas «inventan» lo vivido, se intenta subrayar que es difícil pensar la vida al margen del acto de narrarla, vale decir al margen de aquel momento en el que la palabra representa a la vida y se vuelve casi uno con ella misma (Agamben, 2016, p. 143).

En un poema, todo puede ser poético y todos los usos lingüísticos son posibles. La poesía observa la realidad, pero lo importante es que produce un desvío en la rutina del simple decir. Como construcción de una forma especial, la poesía muestra una manera distinta de mirar el mundo y de simbolizarlo. En ella, las palabras activan diversas resonancias porque siempre traen «algo más» que lo que habitualmente significan. La poesía es un acto que no entiende el comunicar como un simple intercambio de información, sino que invita a poner en movimiento los ecos de las palabras, es decir, a activar sus resonancias ocultas, a promover juegos inesperados. En el discurso poético, las palabras dejan de apuntar a lo que tradicionalmente apuntan y comienzan a hacer otras cosas.

Por eso mismo, la poesía supone siempre una fuga de sentido. Se trata de un discurso que observa la realidad como algo que está mucho más allá de sí misma. Las palabras pueden ser simples o mínimas, pero, por lo general, suelen apuntar a aquello que no encuentra cabida en el mundo porque es (o nombra) una falta o un exceso. La poesía observa lo sin-lugar, aquel resto que se ha quedado fuera de la estructura porque no puede ser completamente integrado. ni integrable en en ella. Bataille (1987, p. 30) sostuvo que la poesía es «una creación por medio de la pérdida» y ahora podríamos precisar que se trata, en efecto de una pérdida encarnada en el sujeto, en el vínculo social y en el propio lenguaje. Desarrollemos más estas ideas.

¿Qué dice la poesía sobre el sujeto? ¿Cómo representa a ala condición humana? Podría decirse que lo primero que los poemas representan es que el sujeto siempre está «sujetado», es decir, está determinado por muchos condicionantes y nunca es completamente «libre». En efecto, la poesía es un discurso que observa cómo la subjetividad ha sido constituida por herencias diversas, por los hábitos cotidianos, por los mandatos de la cultura, por las ideologías sociales y por los propios fantasmas personales. De múltiples maneras, muestra cómo la subjetividad es resultado de una articulación muy particular con todo aquello que la limita y la perturba.

Digámoslo de otra manera: la poesía es un discurso que muestra la imposibilidad que tiene el sujeto de constituirse como una totalidad unificada. Por lo general, los poemas nos hacen ver que el sujeto nunca es una unidad fija ni cerrada en sí misma. Las imágenes poéticas suelen mostrar cómo el sujeto siempre está deseando algo y cómo dicho deseo revela tanto las fallas de su propia constitución, como las de un mundo muy mal hecho. En efecto, en la poesía, la subjetividad suele mostrarse como una instancia internamente fracturada, insatisfecha y portadora de una falta que intenta llenarse a toda costa. «Busco la alondra que voló de mi pecho» es un verso de Vicente Huidobro que constata una pérdida y que va tras ella. Para el filósofo esloveno Slavoj Zizek, la poesía es el discurso que afirma que «nuestra identidad es el depósito de vestigios de objetos inevitablemente perdidos» (Zizek, 2010, p. 150).

Detengámonos aquí: la poesía suele mostrar una subjetividad que desea y coloca al deseo como una dimensión central de la vida humana. Ahora bien, si deseamos algo es porque estamos incompletos y porque hemos nacido con una falta. La poesía es entonces el discurso que con mayor radicalidad hace más visible esta falla de origen. Por eso mismo, sus imágenes no suelen tener miedo de adentrarse en los deseos no satisfechos, en las fantasías que hemos reprimido y en todo aquello que nos esforzamos por ocultar. Sin miedo, la poesía hurga en las grietas de lo que somos y observa al deseo como un síntoma que muestra cómo la subjetividad nunca encaja bien consigo misma ni con el mundo.

Desde ahí, podemos decir que la poesía nos enfrenta a una representación de la condición humana muy diferente a las que ofrecen otro tipo de discursos. Lejos de proporcionar una imagen exitosa y autosuficiente, o de mostrarla como autónoma y coherente, en la poesía la subjetividad suele encarar sus propias heridas, sus propias contradicciones y los límites en los que ha quedo inscrita. La poesía es un discurso que ha optado por revelar la fragilidad constitutiva y el carácter descentrado de  la condición humana. «A veces la mitad de mí mismo está sin mí», escribió el poeta peruano Javier Sologuren. Para ella, en efecto, la subjetividad es una entidad tensa entre los deseos y el deber, entre la ley y esas fuerzas internas que se resisten a ser controladas.

La poesía, sin embargo, es también un discurso abocado en representar la agencia humana, esa terca voluntad por no aceptar las reglas, por hacer algo con ellas e intentar satisfacer los deseos. Por lo general, los poemas observan cómo la subjetividad se desidentifica con los mandatos existentes en busca de la singularidad. La poesía descubre que hay algo en la subjetividad que se localiza más allá de las determinaciones sociales y se convierte en uno de los testimonios más intensos de nuestro desequilibrio ante el mundo, pero también de nuestros intentos por hacer algo con él.

Si, por un lado, la poesía representa una falta, por otro lado también representa un exceso. El hombre es humano, pero es, sobre todo, «demasiado humano». «¿Quién soy yo?», se pregunta Martín Adán; y se responde: «soy mi qué, inefable e inumerable». Desde ahí, no es difícil notar que, en la poesía, la subjetividad siempre aparece como algo que está mucho más allá de sí misma y ese «qué» nombra algo que la descentra y se vuelve fundamental para definirla. Ese «qué» nombra que las fuerzas que la constituyen no suelen estar en calma, sino que siempre traen consigo algo desequilibrante. Digamos entonces que el compromiso por simbolizar este desequilibrio, este desborde, ha sido siempre uno de los objetivos de la poesía.

¿Qué dice la poesía sobre el lazo social? La poesía es un tipo de discurso sobre la dificultad que tenemos los seres humanos de construir vínculos humanos estables. Los versos saben bien que somos interdependientes, pero que las relaciones humanas nunca son algo fácil. Si el amor ha sido siempre uno de sus temas más recurrentes, lo ha sido porque los poemas se dan cuenta de que el sujeto siempre necesita de un otro que lo sostenga, de unos otros que lo acojan. De hecho, la poesía afirma que el sujeto nunca existe como entidad autónoma y por eso no se ha cansado de representar la necesidad de vínculo, pero también la extrema dificultad de construirlo. La poesía constata que las relaciones humanas son de atracción, pero también de rechazo. De amor, pero también de imposibilidad. De solidaridad, pero también de poder. Por un lado, los poemas festejan la promesa de los encuentros; pero, por otro, muchos de ellos suelen constatar, desgarradamente, las fricciones y los límites que siempre median entre uno y los demás. En ese sentido, los poemas afirman que el deseo de comunidad es tan necesario como imposible. Por lo general, las imágenes poéticas desbaratan toda fantasía de unión desproblematizada y están muy lejos de producir discursos falsamente armónicos.

¿Qué dice la poesía sobre el lenguaje? Terry Eagleton ha sostenido que la poesía no solo se preocupa del «significado de la experiencia», sino también de la «experiencia del significado» (2013, p. 213). ¿Qué significa esto? El punto es que la poesía se relaciona con las palabras como «cosas» y no solo como signos, vale decir, que su objetivo consiste en recuperar la materialidad de las palabras, su espesor lingüístico, sus sonidos, pues es desde ahí que se activan las resonancias aludidas y desde donde se construyen los recursos estilísticos como el ritmo, la rima, el tono, la perspectiva, los encabalgamientos y la estructura misma de una imagen. Un poema es siempre resultado de un conjunto de procedimientos técnicos (que pueden ser conscientes o inconscientes) y que son indispensables para su constitución.

Subrayemos, sin embargo, que la particularidad de la poesía radica en que siempre apunta a una palabra que no existe o al significante que falta. «No hallo sino la palabra que huye», escribió Rubén Darío en un famoso soneto de 1901. La poesía, en efecto, es un discurso que reconoce que hay algo en la vida humana que se encuentra más allá de todo significante conocido y por eso no puede dejar de ir en búsqueda de ese algo que trasgrede todo discurso lógico y que elude el todo sentido. Expliquemos esto con más detalle: con extrema intensidad, la poesía sostiene que el lenguaje es un instrumento que nos abre al mundo; pero que, al mismo tiempo, nunca puede representarlo completamente y que debe aceptar ese límite. «Quiero escribir, pero me sale espuma», escribió César Vallejo para representar, justamente, esa imposibilidad de decir todo lo que se quiere decir.

De hecho, muchos de los grandes poemas optan por reconocer que «el lenguaje poético habla menos por lo que dice que por lo que no dice» (Ranciére, 2009, p. 54) y que, por eso mismo, las palabras son siempre insuficientes para capturar la totalidad de la experiencia humana. En ese sentido, todo buen poema se rompe a sí mismo por el silencio que convoca, por la densidad de significados que carga y por su misma imposibilidad de significar lo que intenta. Escribir (o leer) un poema implica entonces aceptar esa falta; es decir, admitir los silencios que las palabras cargan y promueven.

Desde ahí, podemos definir a la poesía como un discurso que encara, con coraje, su propia derrota y que da cuenta de la brecha entre lo dicho y la imposibilidad de decir, entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo individual y lo colectivo, entre el presente y la historia, entre lo nombrado y el silencio. La poesía es un tipo de discurso que exige detenimiento. Nombra un silencio exterior a la palabra, pero también porque apunta hacia ese otro silencio situado en el interior mismo de ella (André, 2002, p. 62). Por el tipo de relación que mantiene con la lengua —<es decir, por el hecho de que buena parte de su identidad siempre implica algún tipo de trasgresión de las normas existentes—, la poesía es un lugar privilegiado para observar «la distancia del lenguaje respecto de sí mismo» (Ranciére, 2009, p. 57).

Es cierto que la poesía intenta construir un sentido que sea capaz de abrir la subjetividad hacia el mundo, pero es también verdadero que confronta a sus lectores ante lo que es desconocido. La poesía no tiene complejos en mostrar lo oscuro «para salvar a las personas de ese exceso de trasparencia que ininterrumpidamente los arrastra a una comunicación sin fin» (Esposito, 2012, p. 86). De hecho, en un famoso ensayo, Walter Benjamin (2008) observó cómo la sociedad contemporánea es una que ha despojado al hombre hasta de su propia experiencia y, sobre todo, de su capacidad para narrarla. Los poemas son aquellos objetos que observan cómo las palabras del lenguaje cotidiano han perdido fuerza y tienen ya muy poco que decir. Desde ahí, los poemas reaccionan ante dicha situación y emergen como un intento (quizá desesperado) para retomar la verdad de la experiencia y reencontrarse con ella. Los poetas —sostiene Badiou— son aquellos «que rompen el silencio instalado por la lengua coloquial». y

Finalmente, la poesía es un discurso que no tiene miedo de ingresar a lo desconocido y ,-por eso (en un sentido lacaniano) podemos decir que apunta a lo Real del sujeto, a lo Real del lenguaje y a lo Real del vínculo social. Para Lacan, lo Real es una falta o un exceso que emerge en el proceso mismo de simbolización y que se resiste ella (2005, p. 62). Lo Real es ese imposible que no puede ser capturado por las palabras porque se trata de algo que está más allá de todas y que no pasa por el sentido. Lo Real es aquello que le hace un agujero al lenguaje al revelar su imposibilidad de nombrarlo todo. Un buen poema es entonces uno que hace visible las huellas de lo Real, es decir, aquel que muestra sus incomprensibles restos en el orden simbólico.

Entonces, a través de su forma, la poesía da cuenta tanto del exceso como dela falta de sentido. Por un lado, expone toda la carga del lenguaje en su voluntad por representar el mundo; pero, por otro, muestra agónicamente la imposibilidad de nombrar eso mismo. La poesía es un discurso que intenta reencontrarse con algo que se ha perdido a efectos del poder, de la cultura y de la ley. En su intento por responder a preguntas fundamentales sobre la existencia, la poesía produce un discurso que siempre apunta a lo inexplorado, a lo inédito, a lo singular, a aquello imposible que, sin embargo, funciona como un horizonte universal.

Theodor Adorno (1971) sostuvo que, bajo el capitalismo, la poesía era un dispositivo peligroso porque aparece como un objeto inútil al que no puede asignársele ningún valor. Hoy, en efecto, la poesía es (para bien) un discurso que se encuentra más allá de cualquier tipo de racionalidad productiva. Es decir, en un sistema social donde todo debe tener un fin práctico (y un precio), la poesía se constituye como un objeto que se distingue porque emerge como una práctica que se ha salido de la lógica oficial. Situada fuera de la ganancia y más allá de toda lógica mediática (los poetas construyen clandestinos circuitos de circulación y consumo), la poesía es el símbolo del «gasto improductivo» y por eso muchos políticos siguen pensando que hay que expulsarla de la República.

Algunos filósofos, como Heidegger, piensan que la poesía ha relevado a la filosofía en la indagación por el ser. Si el lenguaje cotidiano está plagado de un «olvido del ser», la poesía emerge como aquel discurso que puede poner en obra la enunciación de una verdad. «La poesía opera frente a la cosa llevada a la intensidad de lo verdadero y al deseo llevado a la incandescencia del goce», ha sostenido Jean Luc Nancy a fin de notar cómo la palabra poética es siempre una que se propone como «verdadera» y los poemas son lugares donde algo de la verdad se hace presente (2014, p. 62).

Sin embargo, es preciso afirmar que, al decir de Badiou, la poesía no es el único lugar de la verdad; pero sí que su particularidad radica en que ahí la verdad emerge como sustracción (Mondoñedo, Canchanya 82 Calle, 2014). Es solo a partir de la forma que propone y de la representación exhibida que podemos deducir lo que es irrepresentable. Los poemas, en efecto, no son exactamente una exposición del ser, sino el punto de contacto con un saber que nunca es completamente sabido. La poesía muestra el vacío inmanente de toda situación y, como hemos dicho, se presenta como una manera de tramitar lo irrepresentable como condición del ser. En ese sentido, la poesía es un acto de «afirmación trágica» (Adorno, 1971, p. 315), un discurso que coge ese resto de negatividad que  no se deja coger por ningún lado para, desde ahí, intentar reencontrarse con algo esencial de la vida: algo que nos traba, algo sobre el drama de la historia, algo dialécticamente agónico y fértil sobre la vida.

Hay que decir, sin embargo, que la poesía conserva clandestinamente algo de fe y por eso se dedica a rescatar un conjunto de restos de la experiencia para intentar hacer algo nuevo con ellos. Se trata de un discurso que suele mostrar nuestra desorientación constitutiva ante la vida, pero también que expone un conjunto de posibilidades siempre insospechadas. En todas las épocas, el hombre ha sentido que fracasa ante la posibilidad de proponer nuevas posibilidades para la realidad y para el lenguaje, pero la poesía siempre emerge con el fin de neutralizar tales impulsos. La poesía es un lugar de encuentro tenso entre los impulsos destructivos que habitan en la subjetividad con aquellos creativos y vitales que también son inherentes a ella.

Si toda poesía trae consigo un contenido político, este radica en que sus imágenes siempre apuntan hacia algo que no está completamente presente, pero que sabemos que existe. La poesía le quita a alas palabras (a la realidad misma) su seguridad habitual y lo hace en resguardo de una verdad inédita. De hecho, como lo ha subrayado Eagleton (2013), lo político surge porque los lectores intuimos que, en la liberación de la forma, podría esconderse algún tipo de emancipación mayor. La poesía, en efecto, muestra todo lo que excede o lo que le falta a la realidad y, desde ahí, activa preguntas radicales sobre lo posible. Eso es lo político. Su objetivo último consiste en recuperar algo verdadero de la experiencia humana en un contexto donde todo suele quedar colonizado por la inercia o por el poder. Como obra de arte, la poesía siempre cuestiona lo dado u apuesta por colocarnos, o recolocarnos, de otra manera, ante el mundo y el lenguaje.

Bibliografía

Adorno, Theodor (1971). Teoría estética. Madrid: Taurus.

André, Serge (2002). ¿Qué quiere una mujer? México DF: Siglo XXI.

Agamben, Giorgio (2003). El lenguaje y la muerte. Un seminario sobre el lugar de la negatividad. Valencia: Pre-textos.

Agamben, Giorgio (2005). El hombre sin contenido (traducción de Eduardo Margaretto Kohrmann). Barcelona: Altera.

Agamben, Giorgio (2009). Signatura Rerum. Sobre el método. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Agamben, Giorgio (2016). El final del poema. Estudios de poética y literatura. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Barthes, Roland (1987). La muerte del autor. En El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura (pp. 65-71). Barcelona: Paidós.

Bataille, Georges (1987). La parte maldita. Barcelona: Icaria.

Bataille, Georges (2008). La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Benjamín, Walter (2008). El narrador. Santiago de Chile: Metales Pesados.

Eagleton, Terry (1997). Las ilusiones del posmodernismo. Barcelona: Paidós.

Eagleton, Terry (2013). Cómo leer literatura. Barcelona: Península.

Esposito, Roberto (2012). Diez pensamientos acerca de la política. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Lacan, Jacques (2005[1964]). Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Mondoñedo, Marcos, Martín Vargas Canchanya & Karen Calle (2014). Lo que no cesa de no escribirse. La interpretación de lo real y algunos ejemplos de su aplicación en la lírica peruana. Lima: Dedo Crítico Editores.

Nancy, Jean-Luc (2014). El arte hoy. Buenos Aires: Prometeo.

Ranciére, Jacques (2009). La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura. Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Zizek, Slavoj (2010). La música de eros. Opera, mito y sexualidad. Buenos Aires: Prometeo.

 

Notas:

[1] Este ensayo no proporciona una mirada histórica a la práctica de la poesía ni a la formación del concepto. Se concentra, fundamentalmente, en proponer y sistematizar un conjunto de ideas sobre el fenómeno poético como expresión de la subjetividad; una práctica que nace con la tradición de trovadores como Guillermo de Aquitania y luego con Petrarca (Agamben, 2003 y 2016). Agradezco a Susana Reiz por una muy buena conversación al respecto.

  • Nota de la RLP: Este texto ha sido publicado en el libro Poetas peruanos del siglo XX. Lecturas críticas (Víctor Vich. 1a ed. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2018). Ha sido cedido por su autor para la publicación en el presente medio.
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