La jornada marsellesa, de Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro Zúñiga (1929-1994) es uno de los mayores cuentistas dentro del ámbito hispanoamericano. Relegado de las canteras del boom ―que daba prioridad a la novela―, descolló, en cambio, por la gran factura de sus cuentos, escritos, incluso, hasta pocos días antes de su deceso. Sin embargo, Ribeyro no solo es reconocido por sus relatos, sino también por libros como Prosas apátridas, La tentación del fracaso, Dichos de Luder, Cartas a Juan Antonio, entre otros. Por otro lado, el grueso de la crítica lo ha rotulado como un escritor que carga la atmósfera de sus cuentos con un tono gris y que, además, sus personajes se encuentran asediados por un fracaso inminente, casi inexorable.

Ahora presentamos un cuento que si bien ha sido recopilado anteriormente, debería seguir circulando entre nuestros lectores, toda vez que se nos presenta una faceta muy poco desarrollada por Ribeyro. El telón de fondo es una Francia del siglo XVIII y, por supuesto, el tono ribeyriano, dosificado en cuotas exactas, que se destila a lo largo de todo el cuento, esta vez se entremezcla con un tratamiento sadiano. Tal vez se nos diga que Ribeyro es un escritor triste y que sus historias se deslizan por los corredores del fracaso; sin embargo, el mismo autor afirmaría que “donde empieza la felicidad, empieza el silencio”.

A cinco días de cumplirse 24 años de su lamentable pérdida, recordémoslo leyendo uno de sus cuentos.

La Jornada Marsellesa

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Un hombre regordete, más adulto que mozo, calzas de seda, espada al cinto, manos enjoyadas y modales de una elegancia casi femenina apareció una mañana de 1772 en Marsella y recorrió las calles del puerto en compañía de un criado vestido de negro y picado de viruela. Los lugareños no dejaron de notar la especial atención que ambos forasteros ponían en observar a las mujeres, sobreparándose para cambiar comentarios en voz baja, de preferencia si eran mujeres guapas, jóvenes y, como vulgarmente se dice, entradas en carnes.

El caballero alquiló dos piezas en un hotel de calidad dudosa y, aposentándose en ellas, despachó a su valet con las instrucciones precisas. El borrado volvió a recorrer la ciudad y una hora más tarde regresó con cuatro mozas bonitas pero, a todas luces, de una moralidad discutible.

El señor les recibió con una cortesía y gracias exquisitas, las regaló con historias, dulces y licores y mostrándoles algunas piezas de oro de su bien proveída bolsa las invitó a buscar en la habitación vecina esparcimientos más sustanciosos. Las mozas, luego de concentarse, aceptaron y todos pasaron del vestíbulo al dormitorio.

Tuvo lugar entonces uno de los momentos estelares de la historia de la sexualidad humana y siempre se ha lamentado que no existiesen en la ocasión instrumentos adecuados como para registrar y conservar, aunque sea por razones didácticas, los pormenores de esta cálida jornada.

Para empezar, el anfitrión se despojó escrupulosamente de toda prenda vestimentaria y ordenó a su criado y a las mozas que lo imitaran. Una vez en traje de Adán, de acuerdo de un orden preestablecido pero no excluía la improvisación, trató de poner en práctica todas las posibilidades que matemáticamente ofrecían la conjunción carnal de seis sujetos.

Estas posibilidades, dicho sea de paso, sin ser infinitas, alcanzan una cifra impresionante. Una calculadora de bolsillo podría dar la cifra exacta. El caballero comenzó por las combinaciones binarias y lo primero que hizo, para emplear un galicismo, fue enviarse normalmente a una de las mozas y, aprovechando su impulso la sodomizó ipso facto.

Enseguida ordenó a su criado hacer lo mismo con otra de las damas y a las dos damas aún sin uso a poner en práctica algunos de los juegos que dieron renombre a la isla de Lesbos. A fin de no permanecer inactivo ―y esto fue ya una improvisación― persuadió a la cuarta jovenzuela que lo gratificara manualmente. Sin transición, y siempre dentro del orden binario, el caballero se hizo sodomizar por su doméstico y, para respetar las reglas de la simetría, lo sodomizó en el acto y con ardor.

Cumplida esta fase, hubo un interludio de charla y licores y apenas acabado el caballero pasó a una nueva secuencia, esta vez de carácter triangular: dos mozas se enlazaron, con el criado montado sobre una de ellas; una moza fue comprimida como un pedazo le [sic] jamón entre el señor y su valet; tres mozas se superpusieron, etc.

Las posibilidades trinitarias se agotaron, a pesar de la variación de las figuras y de la permutación de los agentes, de modo que el caballero inició el orden cuaternario. A mayor número de elementos, mayores combinaciones. Digamos sin embargo que el caballero renunció a llevar a su término todas las posibilidades de esta secuencia, pues la tarde había caído y aún tenía en reserva formas más sutiles, perversas, e incluso repugnantes de su proyecto libertino.

Aquí cabe una digresión: ¿cómo podían resistir tanto los varones como las mujeres tan extenuante ejercicio? En el caso de las mozas la respuesta es simple pues, en tanto que agentes pasivos del placer y profesionales del amor, el desgate era menor y la simulación posible, aparte de que la recompensa esperada las forzaba a dar el máximo de sí. En el caso de ellos, cabe señalar que el caballero y su criado lucían una líbido de un tonus excepcional y utilizaban afrodisiacos de una eficacia irrefutable, cuyo secreto debe seguramente haberse perdido.

La segunda parte de su programa implicaba el uso de accesorios: látigos de tripa con fino mango de plata labrada y bombones rellenos con cantárida. Este producto, como es sabido, tiene entre otras particularidades la de provocar desarreglos estomacales, lo que prueba que nuestro caballero había previsto para el final de su velada un festín coprofágico.

La visión de los fuetes no alarmó a las bellas, pero en cambio la absorción de la cantárida tuvo efectos nefastos. La más joven de las mozas sufrió un cólico fulminante y concibió en el acto la sospecha de que las habían querido envenenar. Invocando un pretexto legítimo pidió permiso para ir al lavabo, pero en realidad salió disparada del hotel cogiéndose el vientre y no paró hasta la casa de la matrona que administraba sus encantos. Esta vio en la coyuntura la ocasión de complicar a tan curioso y rico cliente en una historia de la cual podría sacar provecho y en el acto se dirigió donde las autoridades policiales para presentar una denuncia.

Entretanto el caballero, que había hecho ya restallar su látigo en las nalgas de una de las damas, se percató de la ausencia de la cuarta moza. Ello descompletaba su equipo y le creaba problemas de puesta en escena. Como la tardanza se prolongaba olfateó alguna felonía y envió a su valet a ver qué pasaba. Tan sagaz como su patrón, el valet necesitó sólo un cuarto de hora para recoger aquí y allá indicios que lo alarmaron: una moza llegando ululante donde su dueña, ambas rumbo a la gendarmería… De inmediato avizoró el peligro: si la moza hablaba, como era de temer, estaban perdidos. Tanto la sodomía como los actos contra natura, a pesar de ser moneda corriente, merecían entonces las sanciones más graves. Informado por su valet, el caballero guardó apresuradamente sus látigos, pagó a las bellas lo convenido y con la muerte en el alma, pues su delirante proyecto quedaba inconcluso, tomó la primera diligencia que partía y abandonó Marsella para siempre.

Pero la máquina de la justicia se había puesto ya en movimiento. El procurador del rey, recogiendo el testimonio de las demás mujeres, abrió un proceso contra el caballero y su criado quienes, por un imperdonable descuido, habían inscrito sus nombres en el registro del hotel.

Fue así como meses más tarde, en ausencia de los acusados, el tribunal de la zona pronunció su fallo y condenó a muerte a este par de erotómanos fugitivos. La sentencia fue aplicada en efigie. El Marqués de Sade, gracias a su condición nobiliaria, fue decapitado y su criado Latour ahorcado. Ambos muñecos fueron luego echados públicamente en una hoguera.

Fuente:

Ribeyro, Julio Ramón (2003). “La Jornada Marsellesa”. En Ángeles & Demonios, N° cero, diciembre.

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