Incendiar el presente. La narrativa de la violencia política y el archivo (1984-1989), por Alex Hurtado

Enrique E. Cortez. Incendiar el presente. La narrativa de la violencia política y el archivo (1984-1989). Lima: Campo Letrado Editores, 2018. 349 pp.

“La narrativa del ochenta es también literatura testimonial.”

Enrique E. Cortez

El testimonio de Enrique Cortez, el arconte de Incendiar el presente. La narrativa peruana de la violencia política y el archivo (1984-1989), sirve de apertura al libro: el caos acaecido en los años ochenta revuelve los recuerdos de su juventud, lo que causa una situación paradójica en él, debido a la arremetida de las fuerzas militares ante el menor indicio de violencia por parte de la población. La muestra que este investigador nos entrega nace a partir de los conflictos sucedidos a fines del siglo pasado, en la que selecciona un género y una época determinados: la narración peruana de los años 1984 a 1989.

El libro que acaba de ser publicado por la editorial Campo Letrado este año -entrega que se venía anunciando desde fines de 2017-, reúne a quince escritores que empezaron a publicar en la década de los ochenta, entre acciones terroristas de derecha e izquierda. Sin embargo, esta muestra no es una antología, como la que realizaron sus predecesores Mark Cox, Roberto Reyes Tarazona y Gustavo Faverón Patriau; por el contrario, la muestra que nos ofrece Cortez, se desliga de la amplitud temática que ofrece Reyes y de los errores de concepto de Faverón. Iniciando su pesquisa a partir del amplio trabajo bibliográfico realizado por Cox, Cortez reduce el tema y selecciona el modo de aproximación hacia estos textos: violencia política y archivo.

El motivo por el que Cortez selecciona este periodo, denominado como “violencia política”, parte de su testimonio, pues es una época desconcertante que no logra esclarecerse: “Los cuentos reunidos en este libro ofrecen la posibilidad de un marco narrativo que podría orientar la comprensión de lo vivido” (p. 13). Nuestro arconte ve una posible respuesta a su desconcierto en la narrativa desarrollada a partir de 1984, año en que, según la CVR, los crímenes de Sendero Luminoso se recrudecieron. ¿Puede la literatura despejar las dudas al respecto de un hecho histórico? Creemos que no del todo; sin embargo, la narrativa testimonial lo intentará. Cortez ve al testimonio como un “modo de literatura en competencia o respuesta a la novela del boom” (p. 39), e incluye a los textos seleccionados como testimonios de los hechos circundantes, que narran sucesos imposibles de describir. Estas narraciones, entonces, parten del testimonio de los escritores insertos en una época determinada, azotada por la violencia y el autoritarismo. A partir de ello, los narradores intentarán explicarse el mundo que los rodea. Para sustentar esta idea, Cortez realiza una serie de tres preguntas a los narradores incluidos, las cuales se adjuntan en una sección denominada “Suplemento testimonial. Generación y testimonio de los 80”, donde los narradores, en su mayoría, confirman la idea de que necesitaban relatar lo que está sucediendo y que no tenía cabida en los medios de información oficiales. Cabe señalar, además, que muchos de ellos escriben desde el mundo andino, por lo que sus textos son testimonios propios o que han recopilado. Asimismo, es importante resaltar el peligro en el que vivían al realizar estos escritos, pues ante las constantes redadas militares, pudieron fácilmente ser acusados de terroristas, un hecho que no ha variado mucho en estos tiempos.

Enrique Cortez no tiene la intención de elaborar un canon de la narrativa de la violencia política, puesto que a través de lo que denomina archivo -propuesta que debate con las de Roberto González Echevarría, Diana Taylor y Michel Foucault-, nos otorga una muestra cuantitativa que permite observar una diversidad de miradas en cuanto a producción ficcional se ha establecido en el quinquenio seleccionado. Por lo tanto, los textos no son, necesariamente, “lo mejor” de la producción de aquella época -tarea correspondiente a una antología- sino que intentan representar la totalidad de su producción narrativa. En palabras de Cortez, “la relevancia del archivo radica en su condición de ser un lugar de enunciación que instala y legitima discursos en competencia sobre la cultura y la historia en las Américas” (p. 33). Los textos seleccionados, entonces, permitirán la producción de ficciones y testimonios que posteriormente se difundirán y que, ya en el siglo XXI, reescribirán sobre la memoria.

Las quince narraciones seleccionadas fueron escritas mucho antes de la creación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación; es decir, no buscan establecer una línea dialógica con el discurso oficial, sino que, más bien, permiten elaborar uno que aún no ha trascendido en la esfera social peruana. Además, una gran cantidad de estos relatos realizan una crítica al cuerpo militar, aquel que debía proteger a los pobladores peruanos y que, al contrario, violentaban. Un aspecto, quizá paradójico, es la marcada presencia del personaje femenino en muchas de estas narraciones, el cual puede ser un personaje enérgico y severo como en “Escarmiento”, de Dante Castro, o indulgente como la camarada Flor en “Al filo del rayo”, de Enrique Rosas Paravicino. Sin embargo, tan solo son incluidas dos narradoras en esta selección: Pilar Dughi y Carmen Luz Gorriti. La propuesta de archivo permitirá, entonces, que a partir de estas dos voces se legitimen los discursos femeninos sobre un periodo del cual aún no se ha dicho todo.

Ciertamente, no debemos analizar estas ficciones en el marco de un discurso oficializado -y muchas veces cuestionado- de la CVR, pues caeríamos en el facilismo de un análisis sociológico antes que uno literario. Las narraciones aquí incluidas parten de un testimonio para construir una historia que se aleja de la realidad circundante, por lo que sería imposible pedirles verosimilitud o datos exactos en relación a los participantes y los hechos mismos para hallar un culpable. Por tanto, un aspecto cuestionador debe ser el de la denominación de este conjunto de relatos como “narrativa peruana de la violencia política”, nombre asignado al periodo histórico comprendido entre 1980-2000. Los mismos narradores en su testimonio señalan que textos sobre violencia ya se escribían desde antes de la llegada de Sendero Luminoso, por lo que una categorización para este tipo de narrativa deberá ser repensada. El valioso aporte de Enrique Cortez para el estudio de la producción literaria en esta época, parte de la conceptualización del archivo, a partir del cual se podrá seguir discutiendo el canon que ha sido elaborado por los antologadores que le antecedieron. Salvo algunos pocos errores de tipeo o la sorpresiva inversión de los apellidos de Gregorio Condori Mamani, la edición es impecable y útil para los estudios de la narrativa publicada en un entorno signado por la violencia y de los albores de la llamada “Generación del 80”.

Alex Hurtado Lazo

Universidad Nacional Mayor de San Marcos / Red Literaria Peruana

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